— Que ese idiota no soy yo — La voz grave de Don Darío tenía una fuerza que le erizó la piel — Afortunadamente dejó lo mejor que tenía en tus manos. Ahora yo los cuidaré y protegeré. No te dejaré ir —
Korina soltó una risa nerviosa, y él, aprovechando su vulnerabilidad, volvió a besarla. La hacía reír y, a la vez, temblar de emoción.
Pero pronto la sonrisa de ella se desdibujó con una preocupación que la acompañaba desde siempre — Don Darío… me preocupa tu grupo social. Seguro me van a destruir. Sabiendo que fui tu dama de compañía y que ahora quieras que sea tu novia… es confuso, ¿No crees?, no sé si me van a tratar bien o mal. Eso me preocupa… sobre todo por Lían. Él es todo para mí —
Don Darío bajó la mirada hacia ella, serio, con una ternura que desmentía la dureza de sus palabras — Mi amor, ya no eres mi dama de compañía. Métete eso en la cabeza. Ahora eres mi novia. Estás conmigo. Por lo tanto, debes portar una actitud de confianza, de orgullo… y creerte que eres mía, mi mujer