Apoyó los codos en las rodillas y se cubrió el rostro con las manos — Lían… — Susurró con voz quebrada.
Cerró los ojos y la imagen apareció clara: Aquel bebé de apenas dos meses, su llanto en las madrugadas, el calor de tenerlo en brazos… y al mismo tiempo, la decisión ruin que lo había marcado todo. Recordó cuando eligió marcharse, cuando dejó a Korina sola por perseguir una carrera que nunca despegó, cuando buscó en otra mujer lo que ya tenía en casa.
Un nudo le apretó la garganta — Perdí a Korina… — Se dijo con rabia contenida — Y perdí a mi hijo —
Le vino a la mente la escena que lo condenó: Los gritos, la violencia, el golpe que dejó a Maritza en una silla de ruedas. Cada recuerdo era un látigo que lo castigaba.
Se tumbó de espaldas, mirando al techo agrietado. Sus ojos ardían, no de lágrimas, sino de furia — Ese niño lleva mi sangre. Nadie puede borrarme de su vida. Nadie… ni siquiera ese maldito Darío —
Los pensamientos se agolpaban. Una parte de él sabía que había perdido