— Hazlo —
Korina lo miró seria, queriendo ver, aunque fuera una mínima grieta en su seguridad y él estaba como si nada — No quiero este anillo… quiero uno a mi gusto —
— Está bien, amor. El que te haga feliz —
— ¿Aunque salga más caro de cuarenta mil dólares? —
— Sí. El tuyo me salió en sesenta mil… y no me duele, porque es para la mujer que más amo —
Korina se quedó helada. Miró el anillo en su dedo, con una mezcla de incredulidad y frío recorriéndole el cuerpo — No te creo… — Susurró, pálida.
— Mi amor, me sorprende que lo digas. Jamás te he mentido —
— Si usted lo dice… la verdad no lo sé —
Darío arqueó una ceja. Para él, sus palabras eran una daga disfrazada de duda — Te daré entonces la factura —
Don Darío se levantó con calma y caminó hacia el escritorio. Abrió una gaveta de madera, sacó una carpeta de cuero oscura y buscó entre varios documentos. Korina lo observaba con cierto escepticismo, como si no creyera que de verdad fuera capaz de respaldar lo que decía.
Al regresar, le