— ¡Escúchame bien, Korina! — Sus palabras fueron profundas, ardientes — Que se rían, que inventen, que murmuren. Yo no voy a dejar que nadie te arrastre. Nadie toca a mi esposa, ¿Me escuchas?. Nadie —
Un silencio tenso llenó la habitación. Ella lo miraba, entre asustada y conmovida.
Korina respiró hondo, como tomando fuerzas — Darío… hay algo más. Quiero terminar mi carrera de fisioterapia. Es lo que siempre he soñado —
Él la miró fijo, con esos ojos oscuros que parecían leerle el alma. En lugar de palabras, la tomó por la cintura y le dio un beso largo, intenso, que la dejó sin aliento. Cuando se separaron, él susurró contra sus labios: — No, amor. No es un “Tú o tus estudios”. Puedes ser mi esposa y seguir estudiando. Yo te quiero a mi lado —
Ella lo apartó suavemente, con lágrimas en los ojos, pero firmeza en su voz — No, Darío. No voy a irme de esta ciudad hasta terminar mi carrera. No me importa cuánto me insistas, no abandonaré lo que me he ganado con esfuerzo —
Él respiró h