A tres meses de embarazada Korina había cambiado sin pedir permiso. Estaba más lenta, más consentida, más perezosa… y no se disculpaba por ello. Se apoyaba en Don Darío al caminar, le hablaba con una dulzura exagerada solo para provocarlo, y sonreía sabiendo que esa versión suya lo desarmaba más que cualquier amenaza externa.
—Daríii… — Le decía a veces, alargando las palabras— ¿Puedes venir un momento?—
Y él, gruñendo por dentro, siempre iba.
Esa noche, sin embargo, Don Darío llegó al casino visiblemente agotado. El traje impecable no escondía el peso del día ni la dureza en su mirada. Apenas entró a su oficina, Farid lo observó con atención.
—Te ves cansado — Comentó— Korina ha estado muy… consentida hoy —
Don Darío se dejó caer en la silla y pasó una mano por el rostro.
—Demasiado — Respondió, sin poder creer como esa mujer le está cambiando la vida y sin embargo, no quería estar sin ella — No camina, no decide, no quiere nada… y cuando quiere algo, lo quiere ya —Resopló— Me fastid