Pasado el rato, Don Darío se quedó un poco más jugando con Lían. El niño se trepaba sobre sus piernas y él, sin darse cuenta, sonreía como pocas veces lo hacía. En su mente rondaba lo comentado por Farid.
Era casi imposible creer que ese hombre, dueño de casinos, serio y a veces hasta intimidante, estuviera allí, jugando como un padre con su hijo. Korina lo notó, y aquella imagen se le grabó con fuerza: Sería un recuerdo atesorado cuando llegara el momento de marcharse. Ya había decidido dejar atrás la vida de dama de compañía para comenzar una nueva etapa como masajista profesional, y al final, ese había sido el verdadero motivo por el cual solicitó aquel trabajo.
Al llegar la noche del día siguiente, ambos se dirigieron a dejar a Lían a la guardería. Después se retiraron al casino, donde el ambiente de luces y murmullos contrastaba con la seriedad que envolvía a Don Darío.
Mientras Korina se mudaba a su nuevo espacio, Don Darío mandó a llamar a Farid. Estaba de pie, con las manos cr