Pasado el rato, Don Darío se quedó un poco más jugando con Lían. El niño se trepaba sobre sus piernas y él, sin darse cuenta, sonreía como pocas veces lo hacía. En su mente rondaba lo comentado por Farid.
Era casi imposible creer que ese hombre, dueño de casinos, serio y a veces hasta intimidante, estuviera allí, jugando como un padre con su hijo. Korina lo notó, y aquella imagen se le grabó con fuerza: Sería un recuerdo atesorado cuando llegara el momento de marcharse. Ya había decidido dejar