De pronto, los portones del laberinto se cerraron de golpe, el sonido metálico resonó como una sentencia. Varias figuras armadas emergieron de los pasillos verdes, rodeándolos con lentitud.
Korina se aferró al brazo de Darío, pero no con miedo, sino con determinación, el miedo le generó adrenalina y sabía que debía avanzar para terminar con todo este drama.
Susurró — Te lo dije… esto no era una inversión y no me hizo caso —
Don Darío, sin perder la calma, la protegió detrás de él — Y yo te dije que jamás te soltaría, confía mi amor — Respondió, sus ojos fríos como el acero.
Farid ya tenía la mano en su arma, pero Korina, rápida, deslizó el paralizante en su bolsillo sin que los demás lo notaran.
— Por si acaso — Murmuró, su voz firme.
El silencio se rompió con una risa familiar. Miguel apareció al final de uno de los pasillos, acompañado de Katty y Yerlin, todos con una mirada de victoria.
— Bienvenidos al juego, Quined — Dijo con tono burlón — Aquí es donde todo acaba —
Korina apre