Korina había corrido hasta un claro dentro del laberinto, un espacio rodeado por altos setos que no dejaban salida. Se detuvo de golpe, jadeando, y entendió que había caído en una trampa.
Del pasillo opuesto apareció Miguel, su traje arrugado y su mirada brillando con una mezcla de obsesión y locura.
— Sabía que tarde o temprano te acorralaría, eres bastante corridiza — Dijo, avanzando con calma — Siempre me gustaron las presas que se resisten… hasta que aprenden a quedarse quietas —
Korina apr