Korina había corrido hasta un claro dentro del laberinto, un espacio rodeado por altos setos que no dejaban salida. Se detuvo de golpe, jadeando, y entendió que había caído en una trampa.
Del pasillo opuesto apareció Miguel, su traje arrugado y su mirada brillando con una mezcla de obsesión y locura.
— Sabía que tarde o temprano te acorralaría, eres bastante corridiza — Dijo, avanzando con calma — Siempre me gustaron las presas que se resisten… hasta que aprenden a quedarse quietas —
Korina apretó con fuerza el paralizante en su mano, sus dedos temblaban, pero su mirada estaba fija — Jamás seré tuya. No soy una presa, y tampoco estoy sola —
Miguel soltó una carcajada grave — ¿Ah no?. Mira a tu alrededor, Korina… ni Darío ni nadie puede salvarte ahora —
Se lanzó hacia ella, pero Korina, con reflejos agudos, encendió el paralizante y lo puso frente a él. Miguel retrocedió un paso, sorprendido, pero no se detuvo. La fuerza de su obsesión lo empujaba hacia adelante.
— Prefiero morir aquí