Más tarde, en la mansión, Korina empujó suavemente la silla de ruedas de su madre hacia el jardín. El atardecer pintaba el cielo de tonos rojizos.
— Mamá… — Dijo con un suspiro.
Maritza la miró de reojo — Tienes esa cara de que algo te preocupa —
Korina se mordió el labio y finalmente habló — Hoy recibí una llamada de Antonio. Desde la cárcel —
Maritza se tensó. Sus manos se crisparon sobre los apoyabrazos — ¿Qué te dijo ese desgraciado? —
Korina desvió la mirada hacia las flores — Que cómo permití que Darío se creyera el padre de Lían. Que el niño era suyo… como si de verdad le importara —
Maritza cerró los ojos con dolor, recordando aquel pasado — Ese hombre nos destruyó, hija. Te usó, me golpeó hasta dejarme así. No tiene derecho ni siquiera a pronunciar el nombre de Lían —
Korina respiró profundo, intentando contener las lágrimas — Lo sé, mamá. Se lo dije… que él mismo me pidió que lo pensara muerto. Pero igual… duele recordarlo —
Maritza giró un poco la cabeza hacia ella, con fir