— ¿Y qué esperabas, Miguel? — Espetó con veneno — Ese maldito nos arrebató todo, incluso el respeto de los que nos conocían. ¿Cómo piensas que voy a olvidar lo que esa mujer me hizo? —
Yerlin, más fría, pero con la mirada llena de rencor, añadió: — Desde que nuestro abuelo murió y Darío nos cerró los negocios, lo único que hemos hecho es perder. Perdimos la mansión, la reputación… ahora trabajamos como cualquier empleada común. ¿Te das cuenta de la humillación?, ¡Nosotras, Yerlin y Katty, reducidas a nada! —
Miguel se inclinó hacia adelante, apoyando sus gordos brazos sobre el escritorio, el sudor resbalando por su frente.
— Si seguimos así, no voy a durar mucho… — Masculló con voz ronca — Mis empresas se están desplomando y los rumores de quiebra ya corren por los pasillos —
Golpeó de nuevo el reporte contra la mesa — ¡Algo tenemos que hacer antes de que me destruya por completo! —
Katty se acercó, con los ojos ardiendo de resentimiento — Entonces digamos las cosas como son, Miguel.