Korina respiró profundo, todavía con el corazón acelerado por la tensión del momento y esa decisión que tomo — No lo hice por ellos, Darío. Lo hice porque no pienso permitir que nadie me subestime jamás —
Él la tomó de la cintura, orgulloso, y besándola le respondió con voz baja y grave: — Ese es el fuego que me enamoró. Y por ese fuego, amor mío, el mundo aprenderá a respetarte —
Korina comenzó a jugar con su corbata y puso una leve sonrisa — Que te parece si salimos un rato —
Con una sonrisa inquieta y sabiendo que lo estaba provocando quiso jugar su juego — Que te parece si jugamos un rato y después que pase lo que deba pasar —
— Esta bien, pero si gano me dejaras contratar un masajista y fisioterapeuta varón —
— ¡Hum!, entonces juguemos mi amor — Algo incomodo, pero solo era ponerle orden.
La pantalla gigante del salón de juntas del viejo despacho de Miguel mostraba una y otra vez la misma imagen: Korina Quined, elegante, severa, dejando fuera de la sala al financiero con una sola