Darío la rodeó con sus brazos, apoyándola contra su pecho — No es convencer, amor. Es que poco a poco vas aceptando lo que siempre hemos sido: Tú y yo, juntos —
Korina suspiró, pero esta vez sin resistencia. Se dejó besar, sintiendo que aquella promesa de un futuro juntos estaba cada vez más cerca de convertirse en realidad.
Unos días después el vestido colgaba perfectamente sobre su figura, un blanco suave con destellos en la falda. Korina había insistido en que nadie, ni siquiera Darío, entrara en la habitación mientras se lo probaba.
Cerró la puerta y se quedó sola, frente al enorme espejo de cuerpo entero.
Al principio solo vio la tela, los detalles, lo extraño que era verse envuelta en un vestido de novia. Pero pronto, sus ojos se llenaron de miedo. Imágenes de las risas maliciosas, de los comentarios crueles de quienes ya la habían señalado, volvieron a su mente.
Llevó una mano a su pecho, respirando hondo.
— Si llego a ser su esposa… — Se dijo en voz baja, temblorosa — No