Korina respiró hondo. Una parte de ella quería gritar, otra quería abrazar. Su voz salió entrecortada, pero firme: — Me duele, mamá. Me marcó. Pero si voy a seguir adelante, necesito perdonarte… aunque no olvide —
Maritza le tomó el rostro, con lágrimas contenidas — Eso es todo lo que necesito, hija. Que sepas que nunca dejaste de ser mi prioridad —
Korina cerró los ojos un instante y, con la voz quebrada, murmuró: — Entonces acompáñame en esta nueva vida. Porque ya no soy la niña que dejaste,