Korina apenas pudo replicar. Sus labios fueron silenciados por el fuego de Don Darío en su piel. El placer la recorrió de golpe, y aunque quiso resistir, se rindió ante la intensidad de ese deseo que solo él sabía despertar. Recordó, con una punzada, cuánto había odiado aquel beso robado de Freddy: No era él, no era lo mismo.
Entre las sábanas, sus cuerpos se encontraron de nuevo. Él la tomó con fuerza, jugando con sus caderas, guiando el vaivén de su cintura. Los gemidos de Korina llenaron el