Darío la tomó entre sus brazos con una intensidad que dejaba ver todo el deseo acumulado, la pasión contenida desde que la había recuperado. Sus besos eran profundos, ardientes, llenos de un fervor que solo Korina podía despertar en él. Cada caricia y movimiento mostraba cómo la deseaba, cómo la hacía suya no solo físicamente, sino con cada fibra de su ser.
Mientras la envolvía en su abrazo, sus manos la cubrían como si protegiera lo más sagrado que tenía, su corazón latiendo desbocado mientras se entregaba a ella con total devoción. La conexión entre ambos era intensa, única, como si nada más en el mundo existiera.
Horas después, Korina se quedó dormida sobre su pecho, exhalando suavemente, su respiración tranquila y confiada. Darío la sostuvo con cuidado, contemplando su rostro en la penumbra de la habitación, y en silencio se prometió algo profundo: Escucharla siempre, respetarla, entenderla incluso cuando estuviera enojado.
Sabía que la había perdido una vez, y que su madre nunca