Él la miró fijo, con una intensidad que la asustó — ¿Por qué?. Tu cuerpo me dice lo contrario —
Korina desvió la mirada, tragando saliva — Porque hay una línea muy delgada… yo soy tu dama de compañía, no… otra cosa. No estoy dispuesta a cruzarla —
La frase lo detuvo por un instante, pero luego acarició su rostro con una ternura que contrastaba con la firmeza de sus manos — No eres cualquiera. No lo serás nunca para mí —
— Entonces trátame como lo que soy… mientras lo sea — Respondió con voz temblorosa, intentando recuperar el control que sentía perder.
Él esbozó una sonrisa amarga, casi incrédula — Necesito esto, Korina. Necesito perderme en ti —
La tomó de la mano y, sin darle opción, la guio hacia el baño recién remodelado. El espacio relucía como un templo de lujo: Una tina con bordes dorados, un jacuzzi en la esquina, la madera brillante que parecía recién pulida. Todo en ese lugar gritaba placer y exceso, como si fuera diseñado para borrar cualquier frontera.
— ¿En cuál quie