El tiempo se volvió borroso. Korina se entregó al torbellino de sensaciones, su cuerpo respondiendo con una sinceridad que sus palabras no podían conceder. Cada caricia era un incendio contenido, cada beso un puente que ella dudaba en cruzar, pero que igual la arrastraba.
Y cuando se encontraron de nuevo, mirándose a los ojos, fue claro que ya no se trataba solo de deseo. Era un pulso de poder, un juego donde ambos cedían y ganaban al mismo tiempo, con una intensidad que los estaba consumiendo, sin más se la llevo a la cama.
Korina puso sus manos en la baranda de la cama y sintiendo como se lo hacía Don Darío, la hacía perder toda la razón y no entendía como era que se dejaba guiar al estar envuelta entre sus brazos, más en ese momento, solamente quería sentirlo y disfrutar de ese momento.
Don Darío estaba con el deseo de terminar, pero, quería haciéndole el amor, no solo un momento, sentir que se entregaban mutuamente, entonces salió en cuanto la hizo venirse de nuevo.
— Ven mi vida