El tiempo se volvió borroso. Korina se entregó al torbellino de sensaciones, su cuerpo respondiendo con una sinceridad que sus palabras no podían conceder. Cada caricia era un incendio contenido, cada beso un puente que ella dudaba en cruzar, pero que igual la arrastraba.
Y cuando se encontraron de nuevo, mirándose a los ojos, fue claro que ya no se trataba solo de deseo. Era un pulso de poder, un juego donde ambos cedían y ganaban al mismo tiempo, con una intensidad que los estaba consumiendo,