— Buenas, ¿Qué necesita? — Preguntó la estilista.
— Quiero teñir el cabello con una cortina en amarillo. También que lo corten hasta los hombros —
La mujer del salón abrió los ojos sorprendida — Su cabello es largo… es una lástima, está muy bien cuidado —
— Igual, corte el cabello — Dijo Korina, firme, como si esa decisión fuera parte de su renacer.
Las tijeras comenzaron a deslizarse. Con cada mechón que caía, Korina sentía que se desprendía de una vida entera, de la mujer que todos conocían. Las hebras en el suelo eran testigos de un adiós silencioso.
Luego vinieron los tintes. Mientras el químico impregnaba su cabello, respiró hondo, mirándose en el espejo. “Hasta aquí llegó la Korina que amó y creyó… ahora solo existe una madre que debe darle una mejor vida a Lían”, pensó con un nudo en la garganta.
Pasadas unas horas, cuando se vio en el espejo, apenas se reconoció. El cabello corto, teñido y lacio le daba una imagen completamente distinta a la que había llevado siempre. Una