En el cielo:
La prisión celestial no castigaba con dolor.
Castigaba con recuerdo.
Cada sello suspendido en la cámara estaba diseñado para mantener viva la memoria de lo que había sido tocado… y de lo que ya no debía repetirse. Símbolos antiguos giraban lentamente alrededor del círculo de contención, inscripciones de obediencia grabadas con luz absoluta.
Pero el Príncipe del Infierno no parecía afectado.
Caminaba dentro del confinamiento como quien recorre un lugar familiar, con la calma de quien sabe que ninguna jaula es eterna.
Cuando los regentes radicales cruzaron los umbrales de luz, él ya los esperaba.
—No necesitan explicar por qué están aquí —dijo con voz serena—. El cielo solo viene a mí cuando algo ha dejado de obedecerles.
El líder avanzó un paso, rígido.
—Queremos una alianza.
El Príncipe sonrió, lento.
—Claro que sí.
Se acercó a los sellos y la luz se tensó, reaccionando a su cercanía.
—Yo estuve allí —continuó—. En el santuario. No como observador