El vínculo se estremeció.
No como un llamado…
sino como una respuesta.
Jaik cayó en el sueño sin transición, como si alguien hubiera retirado el suelo bajo sus pies. No hubo oscuridad. Hubo descenso.
Despertó —si eso podía llamarse despertar— en un espacio que no reconocía, pero que su cuerpo aceptó con una inquietante familiaridad. El aire era tibio, cargado de un aroma metálico y dulce a la vez. El suelo reflejaba una luz rojiza, pulsante, como un corazón expuesto.
—No te resistas —d