El vínculo se estremeció.
No como un llamado…
sino como una respuesta.
Jaik cayó en el sueño sin transición, como si alguien hubiera retirado el suelo bajo sus pies. No hubo oscuridad. Hubo descenso.
Despertó —si eso podía llamarse despertar— en un espacio que no reconocía, pero que su cuerpo aceptó con una inquietante familiaridad. El aire era tibio, cargado de un aroma metálico y dulce a la vez. El suelo reflejaba una luz rojiza, pulsante, como un corazón expuesto.
—No te resistas —dijo una voz.
Jaik giró bruscamente.
El Príncipe del Infierno estaba allí.
No encadenado.
No encerrado.
Libre en la forma que adoptan las pesadillas cuando son invitadas.
Su presencia no era violenta. Era cercana. Demasiado. Como si hubiera aprendido la distancia exacta para no activar defensas.
—Esto no es real —dijo Jaik, retrocediendo.
El Príncipe sonrió apenas.
—Todo lo que te cambia es real.
Con un gesto lento, el entorno se transformó.
El Jardín del Edén apareció ante