El cielo no estaba en calma. Aunque brillaba.
Una reunión secreta se llevaba a cabo por los recientes acontecimientos, todo dentro de lo perfecto tenía una mancha, un desvío, una abdominación.
En lo más alto del firmamento, donde la luz no consuela sino que vigila, los Regentes Celestiales se reunieron lejos del Jardín, lejos del oído del Altísimo. No todos eran rebeldes, pero todos estaban inquietos.
Y eso bastaba.
Sus armaduras blancas reflejaban una luz dura, sin calidez. No tenían alas visibles; las habían retraído como símbolo de control. Allí no se mostraba devoción, solo autoridad.
—El Tribunal fue humillado —dijo uno de ellos, con voz afilada—. Nunca había ocurrido. El todopoderoso siempre a respaldado nuestras decisiones...
—Fue corregido —respondió otro, aunque su tono carecía de convicción.
El líder de los regentes radicales avanzó un paso. Su presencia no imponía amor ni respeto. Solo orden, frialdad y algo de cinismo.
—No —dijo—. Fue desautorizado. Y eso cambi