Esa gatita que se había metido en mi habitación, se deslizó bajo mi cama y ahora ronroneaba a mi alrededor, semidesnuda, buscando el calor de mi piel, como si le fuera insuficiente el que ya hacía en esa densa noche tropical, fue más que suficiente para que se me olvidaran todos mis problemas, se distesaran mis músculos y solo tuviera ojos para ella, piel para sus caricias, labios para sus besos, manos para tocarla y brazos para rodearla y nunca más dejarla ir de mi lado.
—No tengo mucho tiemp