De no ser porque debía acompañar a Verónica a tomar la ruta que la llevaba al centro educativo, habría dormido hasta la hora del almuerzo, soñando con la noche tan maravillosa que había pasado en los brazos de Héctor, mi adorado tigre. Me encantó ese sobrenombre que me puso y ahora, de solo pensar en la palabra “gatita”, se me erizaba toda la piel.
—No pensé que iba a ser tan demorada la conversación con el inglés —dijo Nicole luego de que hubiéramos dejado a Verónica en la minivan.
—En realid