Catalina salió por las puertas de la mansión Blake sin mirar atrás.
El aire de las primeras horas de la mañana estaba cargado de una tensión espesa, casi física. En el exterior, los hombres de su organización y los de Helena y Leonard se mantenían a distancia, distribuidos en pequeños grupos, fingiendo una calma que nadie se creía. No había armas a la vista, pero las manos permanecían demasiado cerca de los bolsillos, los movimientos eran medidos y las miradas, duras, afiladas, conscientes de