La mañana comenzó con un golpe seco: el teléfono vibrando sin cesar en la mesilla de Alba. Lo contestó medio dormida y escuchó la voz del médico. Lía había intentado hacerse daño otra vez. Su estado emocional se había deteriorado tanto que no podían esperar más. Harían una cesárea en dos días, aunque fuera antes de lo previsto.
Alba sintió que la sangre se le helaba. Su hermana, rota en cuerpo y mente, iba a traer al mundo a un bebé que no había pedido nacer en medio de tanto dolor.
Se prometi