Massimo no podía dejar de mirarla. Alba recorría la sala con papeles en la mano, el gesto concentrado, pero sus ojos cargaban una preocupación que a él lo desgarraba. No sabía qué estaba pasando ni por qué parecía siempre al borde de la angustia, pero lo intuía: había algo enorme que no le estaba contando.
Ese vacío lo mataba. Su memoria era un lienzo roto, pero lo que sí sentía intacto era el amor por ella.
Los niños se habían marchado a clases temprano. La casa estaba sumida en un silencio ex