Me subestimaron, y cobré mi venganza.
Me subestimaron, y cobré mi venganza.
Por: L’univers d’Owen
Capitulo 1

Capítulo 1 – El día en que todo se detuvo

La lluvia golpeaba contra los ventanales del ático como puñaladas repetidas. Camille Delacroix miraba las gotas deslizarse por el ventanal, sin realmente verlas. Detrás de su reflejo, el apartamento parecía un museo: frío, impecable, inhabitado. Cuatro años de matrimonio, y ni una arruga en el sofá de cuero blanco. Ni un rastro de vida.

Aún llevaba su bata, aquella que él le había regalado en su primera noche – una tela de seda color champán, que ni siquiera había escogido él mismo. Su secretaria, seguramente. La tela resbalaba sobre sus hombros como una caricia fría.

En su mano, una carta. Sello de lacre azul. Letras antiguas. Siempre esa obsesión por las apariencias.

Todavía no la había abierto.

No hacía falta.

Sabía lo que contenía. La había visto venir desde hacía meses. Desde el día en que él había empezado a llegar después de medianoche, sin una palabra. Desde el día en que había dejado de mirarla. De verdad mirarla.

Lucas Moreau. Su marido. El hombre por el que había borrado su nombre, su herencia, su orgullo. El hombre por el que había aprendido a hacerse pequeña, discreta, útil. Durante cuatro años, había interpretado a la mujer perfecta: cenas organizadas, sonrisas de circunstancia, silencio educado en las veladas mundanas. La mujer fantasma.

Pero nunca más.

La puerta del dormitorio se abrió sin un chirrido. Él entró como siempre entraba: sin ruido, sin calidez, sin excusa. Un traje negro a medida, el cabello castaño perfectamente peinado, la mirada de hielo. Lucas Moreau, treinta y seis años, magnate de las finanzas, corazón de titanio.

Depositó un pequeño maletín de cuero sobre la mesa baja de mármol. El chasquido del broche resonó como un disparo.

—No has abierto la carta.

Su voz no era una pregunta. Solo una constatación. Plana. Esterilizada. Como si hablara con una empleada.

Camille no se movió. Sus dedos apretaron el papel.

—No la necesito.

Él levantó una ceja. Ese gesto que él creía elegante. Un tic que a ella le había parecido encantador al principio. Hoy, le daban ganas de vomitar.

—Entonces, estamos de acuerdo. —Abrió el maletín. Dentro: un fajo de documentos, una pluma estilográfica, y un pequeño frasco de perfume. No el de ella. Una fragancia dulzona, artificial. Ofelia. Ese olor le revolvió las tripas.

Camille inspiró hondo. No te derrumbes. No le des esa satisfacción.

—Te ofrezco dos millones —dijo él, con los ojos clavados en los papeles—. La residencia secundaria de Biarritz sigue a tu nombre. Y te quedas con el coche. Es más que generoso, teniendo en cuenta el contrato matrimonial.

Generoso. La palabra le golpeó en pleno rostro como una bofetada helada. Generoso. Como si le diera limosna. Como si cuatro años de sacrificio, de amor silencioso, de noches esperándole, de comidas quemadas que él nunca venía a compartir – como si todo eso valiera dos millones y un coche.

Dejó la carta sobre la mesa – suavemente, muy suavemente – y luego alzó la cabeza. Por primera vez, clavó su mirada en la de él. De verdad. Como no lo hacía desde hacía mucho tiempo.

—Lucas. —Una sola palabra. Su nombre de pila. No «cariño», no «mi amor». Solo Lucas. Como una despedida.

Él pareció sorprendido. ¿La ratoncita tiene colmillos?

—Estaba dispuesta a todo por ti —dijo ella, con la voz tranquila. Terriblemente tranquila. El tipo de calma que precede a los huracanes—. Habría atravesado el fuego. Habría renunciado a mi nombre, a mi familia, a mi profesión. Y lo hice. ¿Sabes lo que dejé atrás para convertirme en la señora de Lucas Moreau?

Él no respondió. Sus dedos golpeteaban el cuero del maletín. Impaciente.

—Nunca quisiste saberlo. —Esbozó una sonrisa – una sonrisa triste, casi maternal—. Tomaste lo que te daba, sin preguntarte nunca de dónde venía.

—Camille, no tengo tiempo para melodramas. Firma.

Ella soltó una carcajada. Una risa seca, quebrada, que resonó en el apartamento demasiado grande. Melodramas. Él llamaba a eso melodramas. La traición, la ausencia, la humillación – todo reducido a una escena de teatro.

—De acuerdo. —Cogió la pluma. El plumín resbaló sobre el papel, trazando su nombre en letras perfectas. Camille Éléonore Delacroix. Su verdadero nombre. Que él nunca había conocido.

Lucas entrecerró los ojos al leer la firma. —¿Delacroix?

Ella cerró la pluma. La devolvió a su estuche. Luego se levantó. La bata cayó de sus hombros – ya llevaba un vestido negro, sencillo, elegante, como un uniforme de luto.

—Nunca supiste nada de mí, Lucas. Y eso es lo peor.

Se dirigió hacia la puerta. Él dio un paso hacia ella. ¿Un gesto? ¿Un arrepentimiento? No. Solo la costumbre de controlarlo todo.

—¿Adónde vas?

Ella se giró. La lluvia, afuera, redoblaba en intensidad. Un relámpago rasgó el cielo, iluminando su rostro. En esa luz blanca, él la vio por primera vez: no una esposa dócil, no una mujer florero. Una guerrera en el exilio.

—A mi casa.

—Pero… no tienes adónde ir.

Ella soltó una risa sarcástica. Una risa amarga, definitiva.

—¿De verdad creías que era una huérfana sin un duro? ¿Que mendigué el amor de un hombre porque no tenía nada más?

Abrió la puerta. En el marco, le dirigió una última mirada. Sus ojos brillaban – pero no de lágrimas. De una rabia fría, de una promesa.

—Vas a aprender quién soy, Lucas Moreau. Y lo vas a lamentar hasta tu último aliento.

La puerta se cerró de golpe. El silencio volvió a caer. Lucas se quedó paralizado, el maletín abierto, el perfume de Ofelia impregnando el aire. Por primera vez en su vida, tuvo la sensación de acabar de perder algo irremplazable.

Pero era demasiado orgulloso para reconocerlo.

Demasiado tarde.

En el ascensor, Camille se recostó contra la pared acristalada. Las lágrimas que había contenido fluyeron al fin – ardientes, silenciosas. Las secó con un gesto brusco.

—Nunca más —murmuró.

Abajo, un sedán negro la esperaba. Dentro, su hermano mayor, los puños apretados sobre el volante.

—Es hora —dijo simplemente.

Ella asintió.

—Sí. Es hora de volver a ser Camille Delacroix.

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