Capitulo 2

Capítulo 2 – El acuerdo

Tres años atrás – una sofocante noche de verano en las oficinas del grupo Moreau. Camille recuerda cada detalle: el olor a cuero nuevo, el resplandor cegador de las lámparas de cristal, el silencio pesado de los hombres de traje oscuro. Su padre, Henri Delacroix, acababa de morir. Y ella, a los veintidós años, heredaba un imperio que no quería.

Debería haberse puesto al frente de los asuntos familiares. Pero su hermano mayor, Alexandre, ya estaba al mando. Y luego, estaba Lucas Moreau.

«Un matrimonio concertado.»

La propuesta había caído como un hachazo, dos semanas después del entierro. Los Moreau querían fusionarse con los Delacroix. La condición: que Camille se casara con Lucas. Una alianza de sangre y capitales.

Ella lo había rechazado, al principio. Rotundamente. Pero Lucas la había invitado a cenar. Una cena que no olvidaría jamás.

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Presente. El sedán negro se desliza por los muelles del Sena. Camille mira desfilar las farolas, los reflejos de la lluvia sobre el asfalto. A su lado, Alexandre le toma la mano.

—¿Seguro que quieres volver a casa esta noche? Podemos esperar hasta mañana.

Ella niega con la cabeza.

—No. Quiero ver la casa. Quiero reencontrar a nuestro padre.

Alexandre aprieta los dientes.

—Ya no está aquí, Camille.

—Lo sé. —Su voz apenas se quiebra—. Pero sus cosas, sí. Sus libros, sus cuadros, ese viejo reloj que nunca funcionó. Necesito recuperar quién era antes de él.

Antes de Lucas. Antes de convertirse en una esposa fantasma.

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Flashback. La cena. Un restaurante con estrella, vistas a la Torre Eiffel. Lucas ya era todo dominio: traje azul marino, reloj de bolsillo, sonrisa amable pero distante. Le habló de negocios, estrategia, cuotas de mercado. Ni una pregunta sobre sus gustos, sus sueños, sus miedos.

—No necesitarás nada —dijo mientras cortaba su filete de buey—. Una casa bonita, una tarjeta de crédito, un estatus. No estaré a menudo, pero no te faltará de nada.

Camille dejó el tenedor.

—¿Y el amor?

Él levantó la vista, sorprendido.

—¿El amor? —Una risa breve, casi desdeñosa—. No estamos en el teatro, señorita Delacroix. Esto es un contrato.

Ella debería haberse levantado. Marcharse. Pero era joven, estaba sola y era terriblemente vulnerable. La muerte de su padre la había dejado vacía. Y Lucas, a pesar de su frialdad, encarnaba una promesa de seguridad. Una promesa de pertenencia.

Firmó.

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Presente. El coche se detiene frente al palacete de los Delacroix, en el distrito 16. Un majestuoso edificio del siglo XIX, escondido tras verjas de hierro forjado. Camille baja, la lluvia azota su rostro. Levanta la barbilla.

El mayordomo, un anciano llamado Bernardo, abre la puerta. Sus ojos se abren de par en par.

—Señorita Camille…

—Buenas noches, Bernardo.

Él se aparta, emocionado. Detrás de él, el vestíbulo brilla con mil luces: mármol blanco, escalera monumental, retratos familiares. Camille reconoce el de su padre, colgado sobre la chimenea. Él, que siempre sonreía, a pesar de los dramas.

Se acerca. Apoya su mano en el marco.

—Perdón, papá. Perdón por haberlo arruinado todo.

Alexandre la alcanza.

—No arruinaste nada. Él es el culpable.

Ella se gira. En sus ojos, las lágrimas se han secado. Lugar a la determinación.

—Mañana retomo mi despacho. Quiero todos los expedientes del grupo. Y quiero una lista de los contratos que Lucas está negociando.

Alexandre levanta una ceja.

—¿Quieres arruinarlo?

—No. —Se quita los zapatos, los coloca delicadamente sobre el felpudo—. Quiero mostrarle lo estúpido que ha sido.

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Flashback. La boda. Una ceremonia esterilizada, sin emoción. Camille de blanco, Lucas de esmoquin gris. No hubo «sí» apasionados, solo firmas. El contrato matrimonial ya estaba listo, redactado por los abogados de los Moreau. Camille ni siquiera se había tomado el tiempo de leerlo.

Recuerda la noche de bodas. Él, ya al teléfono con un socio. Ella, sola en la habitación del hotel, mirando las sábanas blancas.

—Solo es el principio —se dijo—. Con el tiempo, me querrá. Fuerza y paciencia.

Tres años después, solo había cosechado un divorcio.

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Presente. Camille sube a su habitación de infancia. Todo sigue intacto: los peluches en la estantería, los pósters de grupos de rock, el escritorio de madera maciza donde garabateaba sus primeros algoritmos de hackeo. Sonríe a pesar de todo.

Enciende su ordenador portátil. Sus dedos vuelan sobre el teclado. En pocos minutos, accede a los servidores del grupo Moreau. Nada grave – solo un pequeño vistazo.

Las cuentas de Lucas no son tan florecientes como él pretende. Una inversión arriesgada en una start-up de criptomonedas le ha costado millones. Y una cláusula de no competencia le impide reaccionar.

Camille anota todo. Pacientemente.

—Tu turno, querido esposo —murmura—. O mejor dicho, ex esposo.

El teléfono suena. Lucas. Ella descuelga, activa el altavoz.

—Camille. —Su voz está tensa—. Olvidaste tus cosas.

—Quédate con ellas. O tíralas. Me da igual.

Un silencio. Luego:

—¿Dónde estás?

—En mi casa.

—¿Tu casa? No tienes… —Se interrumpe. Sospechoso—. ¿De qué vives?

Ella suelta una carcajada. Una risa clara, casi alegre.

—Buenas noches, Lucas.

Cuelga. Apaga el móvil. Lo guarda en un cajón.

Afuera, la lluvia cesa. Las nubes se rasgan, dejando ver un cielo estrellado. Camille abre la ventana, huele el aire fresco.

—Es el principio del fin. Para él.

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