La noche avanzaba lentamente.
Dentro de la camioneta, Samyra apenas podía permanecer quieta.
Sus manos descansaban sobre la pequeña maleta que llevaba consigo, pero sus dedos no dejaban de apretarla y soltarla una y otra vez.
Estaba nerviosa. Demasiado nerviosa.
Cada kilómetro que dejaban atrás la acercaba a la libertad.
Y también la acercaba al peligro.
Apoyó la cabeza contra la ventana. Las luces de Dubái ya habían desaparecido hacía mucho tiempo.
Ahora solo quedaban carreteras oscuras, extens