El rostro de Omar se congeló por completo.
Samyra sintió el nudo en su garganta hacerse más fuerte, pero continuó hablando, porque llevaba años tragándose aquellas preguntas.
Llevaba tanto tiempo, sintiéndose invisible dentro de su propio matrimonio.
Sonrió con tristeza. Una sonrisa rota.
—Ah… ya entiendo.
Sus ojos brillaban por las lágrimas contenidas.
—¿Te doy asco?
—¡No digas eso! —respondió Omar inmediatamente, casi furioso—. Eso no es verdad. Jamás pensaría algo así de ti.
Pero las palabras