Nassira no estaba dispuesta a dejar sola a su hija aquella noche.
Después de encontrarla completamente destrozada, la llevó personalmente hasta la mansión Sahamsi.
No quería que Inaya pasara las siguientes horas encerrada en una habitación, llorando en silencio y preguntándose una y otra vez qué había hecho mal.
La conocía demasiado bien.
Al entrar en la mansión, Nassira tomó la mano de Inaya y la condujo hasta una de las salas privadas.
—Siéntate, hija.
Inaya obedeció.
Su mirada estaba perdida.