Samyra sintió una gota de sudor frío deslizarse por su nuca.
El laboratorio estaba casi vacío a esas horas.
Las luces blancas iluminaban las superficies metálicas con una claridad implacable, haciendo que todo pareciera demasiado limpio, demasiado silencioso.
Demasiado real.
Se quedó inmóvil frente a la mesa de trabajo durante varios segundos.
Todavía podía irse. Todavía podía esperar unos días más.
Todavía podía convencerse de que todo era producto del estrés.
Pero sabía que se estaba engañando