Elise creyó que Samyra iba a reír, pero cuando lo hizo, la expresión de su rostro fue más suave de lo esperado.
No fue una risa nerviosa ni forzada, sino algo breve, contenido, como si por un segundo pudiera permitirse soltar el peso del día.
Elise dudó un instante, pero luego se acercó y tomó su mano con delicadeza.
—Samyra, perdona si te ofendí —dijo en voz baja—. A veces no mido mis bromas.
Samyra negó de inmediato, apretando apenas sus dedos.
—No me ofendes… es solo que… —hizo una pausa, baj