—¿Es esto un maldito chantaje, Elise?
La voz de Aníbal no fue alta, pero sí lo suficientemente afilada como para cortar el aire entre ambos.
Elise no retrocedió.
Pero su respiración sí cambió.
Por un instante, algo dentro de ella dudó.
No porque no supiera lo que estaba haciendo… Sino porque ya no podía fingir que no le dolía.
Aun así, sostuvo la mirada.
—Llámalo como quieras —respondió con una calma que no sentía del todo—. Pero esto es lo que hay.
El silencio que siguió fue pesado.
Aníbal la o