Omar observó cómo Mohamed intentaba liberarse de los guardias.
—¡Suéltenme!
Su voz resonó por el pasillo del hospital.
Estaba descompuesto. La camisa arrugada.
El rostro golpeado. La desesperación reflejada en cada uno de sus movimientos.
Pero nadie sintió compasión por él.
No después de lo que le había hecho a Nassira.
Los guardias de la familia Al-Sabah lo sujetaron con firmeza mientras intentaba resistirse.
—¡Tengo derecho a verla!
—Ya no —respondió Omar con frialdad.
Mohamed lo miró.
—Es mi