El motor se apagó cuando el silencio ya era casi absoluto.
Omar bajó de la camioneta sin prisa, como si cada movimiento le pesara más de lo normal.
El aire lo golpeó de inmediato: seco, frío, inmenso. No había edificios, no había luces, no había voces. Solo arena extendiéndose como un mar detenido.
El desierto de Liwa no era vacío.
Era presencia. Una presencia antigua, indiferente, que no preguntaba quién eras ni qué habías perdido.
Omar caminó unos pasos. La arena crujía bajo sus botas, como si