Nayla intentó acariciar el rostro de Omar, como si tuviera derecho a él.
Dio un paso más, inclinándose hacia sus labios, pero él se apartó de inmediato. No solo la rechazó: le sujetó la mano con una firmeza dura, controlada, que no dejaba espacio para ilusiones.
El cuerpo de Nayla se tensó. En segundos, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¡No me rechaces, Omar! —su voz se quebró—. Todo lo hice por amor…
Omar la miró en silencio.
Pero no era un silencio vacío. Era uno cargado de decepción, de cans