Nassira había pactado con sus abuelos que al día siguiente conocerían a Phillip.
Cuando los ancianos se marcharon, la joven cerró la puerta lentamente y apoyó la espalda contra ella. Solo entonces dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
Sentía que las piernas le temblaban.
Samyra se acercó y le tomó la mano con cariño.
—¿En qué piensas?
Nassira levantó la mirada. En sus ojos había ilusión, pero también un profundo temor.
—Tengo miedo.
—¿De qué?
—De que mañana no lo acepten.
Su voz se