El silencio en la habitación era denso. Demasiado denso.
De esos que no descansan, que presionan el pecho y obligan a respirar más lento como si el aire también doliera.
Samyra seguía de pie, con el teléfono en las manos, aunque ya no lo miraba. Lo había entregado porque no tenía salida, pero ahora sentía que algo más importante se le había escapado con ese gesto.
Su libertad. O su último margen de control.
Omar estaba frente a ella.
Quieto. Pero no tranquilo.
Su mirada recorría su rostro como s