– Charles Schmidt
Y entonces supe que tenía que hacer algo.
No por mí. No solo por Rebeca.
Sino por ellos. Por lo que aún podía salvar.
Miré a mi hijo y le dije, con voz suave:
—Ve con tus hermanos, Aiden.
Él asintió y salió del despacho. La puerta se cerró lentamente detrás de él, dejando un silencio pesado.
Me quedé de pie, mirando el escritorio.
¿Será verdad que Rebeca se enamoró de mí?
Y yo… ¿Todo este tiempo estuve equivocado?
Quizá Aiden se confundió. Los niños a veces malinterpretan las