Me detuve un segundo frente a un espejo en la pared. Vi mi reflejo. Mis ojos cansados, mi mandíbula tensa y ese peso invisible de años de decisiones erradas.
— ¿Y ahora es que te das cuenta? —replicó con un tono amargo—. ¿A estas alturas? ¿Cuántas veces te lo dije, Charles? Que pensaras bien las cosas, que no te dejaras consumir por el orgullo.
Apreté los puños. Las palabras me hervían por dentro, pesadas, sucias, llenas de culpa.
—¡Crees que no me duele, papá! —estallé, y lanzó el vaso contra