— Charles Schmidt
Desde mi rincón, la veo.
La veía reír. La veía hablar. La veía… siendo feliz sin mí.
Y eso me estaba matando.
Mis ojos no podían dejar de seguir cada uno de sus movimientos. Y entonces pasó lo que me hizo hervir por dentro: ese hombre le tomó la mano.
Mi mandíbula se tensó. Apreté el vaso con tanta fuerza que sentí cómo el cristal se chillaba en mi palma.
—Vamos, Rebeca… no dejes que te toque —murmuré entre dientes, como si pudiera hablarle con el pensamiento.
Pero ella no se