Parte I: Rebeca Schmidt
El pasillo de la sala de espera de cuidados intensivos era un túnel blanco e interminable. El tictac del reloj de pared parecía el sonido de un martillo golpeando directamente contra mis sienes. Estaba caminando de un lado a otro, desgastando la suela de mis zapatos contra el linóleo brillante. Había dejado a mis hijos dormidos en la habitación de pediatría, agotados por el trauma y con la promesa de que, al despertar, todo sería un mal sueño. Ojalá yo pudiera creer mis