Capítulo 167

El sonido de los neumáticos del auto de mi madre crujiendo sobre la grava del camino de entrada fue la música más dulce que había escuchado en todo el día. Me quedé parado en la ventana del salón principal, con las manos apoyadas en el vidrio frío, observando cómo la limusina negra se alejaba, llevándose con ella su perfume asfixiante y esa mirada que me helaba la sangre.

—Pórtate bien, hijo. Volveré en unas horas. Tengo negocios que atender para asegurar nuestro futuro —me había dicho antes de salir, besándome la frente con esos labios rojos que parecían manchados de sangre.

Yo había asentido, sonriendo con la máscara que había aprendido a usar.

—Sí, mamá. Te esperaré aquí.

Pero apenas el auto desapareció tras los cipreses que bordeaban la entrada de la villa, mi sonrisa se borró. Me giré hacia el interior de la casa. Era una mansión vieja, enorme, con techos altos que acumulaban sombras y muebles cubiertos con sábanas blancas que parecían fantasmas.

Estaba solo. Bueno, no realmente.
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