El sonido de los neumáticos del auto de mi madre crujiendo sobre la grava del camino de entrada fue la música más dulce que había escuchado en todo el día. Me quedé parado en la ventana del salón principal, con las manos apoyadas en el vidrio frío, observando cómo la limusina negra se alejaba, llevándose con ella su perfume asfixiante y esa mirada que me helaba la sangre.
—Pórtate bien, hijo. Volveré en unas horas. Tengo negocios que atender para asegurar nuestro futuro —me había dicho antes de