El tiempo en esa sala de estar se había vuelto elástico, estirándose hasta romperse. Cada segundo que pasaba sin la confirmación del despegue hacia Italia era una tortura china, una gota de ácido cayendo sobre mi paciencia ya corroída. Caminaba de un lado a otro, mis pasos marcando un surco invisible en la alfombra persa, mientras el Inspector Martínez hablaba en voz baja por su radio, coordinando con la Interpol y las autoridades italianas.
A mi lado, mi padre, don Augusto, permanecía como un roble antiguo en medio de un huracán. Su mano firme reposaba sobre mi hombro cada vez que yo pasaba cerca, un ancla silenciosa que me impedía salir corriendo hacia el aeropuerto sin un plan.
—Paciencia, hijo —murmuró mi padre, con esa voz grave que siempre me había hecho sentir que el mundo tenía orden—. La impaciencia es enemiga de la estrategia. Ya sabemos dónde están. Ya hablamos con Andrés. Están vivos. Eso es lo único que importa ahora.
Asentí, apretando la mandíbula hasta que me dolió.
—Lo