El tiempo en esa sala de estar se había vuelto elástico, estirándose hasta romperse. Cada segundo que pasaba sin la confirmación del despegue hacia Italia era una tortura china, una gota de ácido cayendo sobre mi paciencia ya corroída. Caminaba de un lado a otro, mis pasos marcando un surco invisible en la alfombra persa, mientras el Inspector Martínez hablaba en voz baja por su radio, coordinando con la Interpol y las autoridades italianas.
A mi lado, mi padre, don Augusto, permanecía como un