Rebeca Schmidt
Bajé las escaleras con el corazón martilleando contra mis costillas, como un pájaro atrapado en una jaula demasiado pequeña. Cada paso sobre la alfombra amortiguaba el sonido, pero no el miedo que me recorría las venas. Lo que acababa de escuchar tras la puerta de Andrés no era solo la rabieta de un niño triste; era una conspiración en marcha. Un teléfono. Un canal directo con el veneno de Amelia.
Llegué al vestíbulo y encontré a Carmen doblando unas toallas limpias con esa pars