— Viktor
El teléfono vibró en la mesa como una alarma. Contesté sin levantar la vista de los papeles y escuché la voz al otro lado: “Señor, ya tenemos la ubicación del niño. Está bien cuidado; hay una niñera”. El alivio duró un segundo. La siguiente frase cortó la calma: “Hay veinte hombres armados. El tuerto trajo a los mejores”.
La sangre me subió a la cara. Cerré la carpeta, me puse la chaqueta sin ceremonias y dije con voz dura: “Espérenme. Voy personalmente”. Colgué, tomé la llave del coch