– Rebeca Miller
Me quedé dormida en la sala.
Ni siquiera recuerdo en qué momento el cansancio me venció. Lo último que sentí fue el suave peso de Eva recostado en mi brazo y el murmullo de la televisión que seguía encendida.
Cuando abrí los ojos, la sala estaba sumida en penumbra. Solo la luz del televisor parpadeaba frente a mí. Los sofás estaban vacíos.
Solo Eva seguía dormida sobre mi pecho.
Me incorporé con cuidado, evitando despertarla, y la tomé entre mis brazos. Su respiración pausada me