Después de haber tenido el extraño y distante encuentro con Amanda en el Hotel Luna, no podía dejar de pensar en ella; y cometí quizás la peor locura del mundo: encontrar su actual dirección y presentarme.
Llegué al apartamento, toqué el timbre, y una joven abrió la puerta:
―Buenas noches, disculpe: ¿Aquí vive Amanda?
―Sí… eres el escritor―dijo sonriendo.
―Sí, soy yo.
―Pasa, por favor… ya la llamo.
Obedecí, pero permanecí de pie en la puerta. Ni siquiera sabía qué, hacia ahí, qué locura estaba