Mundo ficciónIniciar sesiónELIZA
Me envolví en mi bata, pero el frío persistente del agua seguía aferrado a mi piel, erizándola con el recuerdo de las humillaciones del día.
Apenas había terminado de ajustar el cinturón cuando mi teléfono comenzó a sonar, rompiendo el silencio de la habitación.
El nombre de Vanessa apareció en la pantalla.
Su sentido de la oportunidad era tan impecable como irritante.
Había ido de compras conmigo esa misma tarde, así que ¿por qué me llamaba tan tarde?
Después de todo, el mismo día en que perdí al hombre que estaba a punto de convertirse en mi esposo... también había sido el día en que Raina nos humilló públicamente en aquella tienda.
Aquella experiencia había sido de todo menos agradable.
Que Vanessa me llamara en ese momento era como echar sal sobre una herida abierta.
Mis dedos quedaron suspendidos sobre la pantalla, debatiéndose entre ignorar la llamada o contestar solo para decirle unas cuantas verdades.
Al final, cedí y deslicé el dedo para responder.
—¿Hola?
Vanessa no perdió el tiempo.
Su voz sonaba frenética, cada palabra cargada de urgencia.
—Eliza... va a pasar. Mañana.
Me quedé completamente inmóvil.
—¿Qué va a pasar?
Hubo un breve silencio.
Después, su voz volvió a sonar, impregnada de veneno.
—Alex canceló la boda —escupió—. Todo porque quiere que Raina le done médula ósea a Liam.
Aquellas palabras me golpearon con fuerza.
Aunque, en el fondo, ya sabía que algo así podía ocurrir.
Había notado el cambio en Alex durante los últimos días.
Esa expresión distante que aparecía en su rostro cada vez que alguien mencionaba el estado de Liam.
¿Pero ahora?
¿Dejar todo de lado por Raina...
...y por su hijo?
Un sabor amargo inundó mi boca.
—No voy a permitir que eso suceda —dije.
Cada palabra cortó el aire como una cuchilla.
—Ni el trasplante.
Y, desde luego, tampoco permitiré que Liam siga con vida.
El silencio volvió a instalarse al otro lado de la llamada.
Podía sentir la satisfacción de Vanessa.
Ella odiaba a ese niño casi tanto como yo.
Era una parte de Raina que siempre permanecería.
Un recordatorio viviente de todo lo que Alex había compartido con ella.
De una vida que jamás compartiría realmente conmigo.
Apreté el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
El resentimiento hervía justo bajo la superficie.
—Vanessa... —susurré con ferocidad—. Solo mi hijo será el heredero de Alex. No el hijo de una... cualquiera.
Vanessa soltó una risa fría.
—Y no eres la única que quiere verla desaparecer, Eliza. Está envenenándolo todo. Le robó a Dominic, nos humilló y actúa como si perteneciera a nuestro mundo.
El odio en su voz era un reflejo exacto del mío.
—¿Cuándo será? —pregunté, bajando la voz hasta convertirla en un peligroso susurro.
Hubo una breve pausa.
Luego respondió con evidente entusiasmo.
—Mañana.
Aquella respuesta solo alimentó aún más mi determinación.
Mañana era un regalo.
Una oportunidad única para actuar antes de que Raina y su hijo siguieran infiltrándose en mi vida.
—Yo me encargaré de todo.
Colgué la llamada con un seco clic.
Mis dedos apretaron el teléfono unos segundos más antes de lanzarlo sobre la cama.
Me acerqué al tocador.
Mi mente ya trabajaba a toda velocidad.
Los dedos me temblaban ligeramente mientras abría uno de los cajones.
Saqué un pequeño cuaderno de cuero donde había anotado nombres y contactos de personas a las que esperaba no volver a recurrir jamás.
Pasé varias páginas hasta detenerme en un nombre.
Alguien que ya había demostrado ser capaz de encargarse de asuntos delicados.
Marqué su número y esperé mientras la llamada conectaba.
—¿Sí? —respondió una voz áspera y despreocupada.
—Soy Eliza.
Imprimí a mi voz toda la autoridad que sabía que bastaría para captar su atención.
—Tenemos que vernos.
Hubo un breve silencio.
Después soltó una risa baja y calculadora.
—Eliza... sabía que tarde o temprano volverías.
Me cambié rápidamente.
Unos vaqueros oscuros.
Un suéter sencillo.
Algo que no llamara la atención.
Mi antiguo barrio no era un lugar para vestidos de seda ni ropa de diseñador.
Era un sitio duro.
De esos que uno abandona... y jamás vuelve a mirar atrás.
Pero esa noche regresé.
Y sabía exactamente a quién estaba buscando.
Cuando llegué, encontré a Daniel justo donde esperaba.
Apoyado contra una farola, frente al destartalado bar que solía frecuentar.
No había cambiado en absoluto.
Seguía teniendo ese aspecto rudo y descuidado.
Y la misma chispa ansiosa en los ojos que una vez me había atraído.
Me acerqué con paso decidido.
Suavicé mi expresión lo justo para manipularlo de la manera que necesitaba.
—Daniel... —ronroneé, dejando que mi voz descendiera hasta ese tono al que sabía que le era imposible resistirse—. Necesito que te encargues de alguien por mí.
Él me recorrió lentamente con la mirada.
Un destello de interés brilló en sus ojos.
—Ya conoces mi precio, preciosa.
El asco me recorrió por dentro.
Pero no dejé que se notara.
Hubo un tiempo en que permití que creyera que era el hombre que yo deseaba.
Que había significado algo más que una simple pieza en mi juego para conseguir de él lo que jamás pude obtener de Alex, ya que él nunca me tocó ni permitió siquiera que yo lo tocara.
Pero esa noche no tenía paciencia para sus jueguitos.
Saqué un grueso fajo de billetes y se lo metí en la mano.
Observé cómo sus ojos se abrían con satisfacción.
—Solo hazlo, Daniel —dije con frialdad.
Él frunció el ceño.
Parecía dudar.
Pero el dinero era demasiado tentador.
Finalmente asintió con un gruñido.
—Está bien. Pero me quedas debiendo una, Eliza.







